Luisa

En el pueblo no sobresale, es especial para quienes la han habitado, aunque lo hayan hecho sólo por unos días. La humedad penetra la nariz y los huesos de Ana apenas situarse en el pórtico. Las paredes de la fachada, invadidas por musgo verdoso dan carácter y llenan de formas la gruesa piedra de la casona del siglo XIV.
Ana pasó ahí el verano de 1976, de ese tiempo guarda recuerdos inconexos que revive ahora, cincuenta años después, al cruzar la gruesa puerta e introducirse en la sólida estructura.
Ana duda, no quiere cambiar su memoria, le parece irreal que la casa familiar tuviera vida hace sólo unos años y que sus primos, sus hermanos y ella pasaran ahí el más memorable de los veranos. Ahí conoció a Luisa y no la ha vuelto a ver desde ese año, necesita pistas sobre su vida y sólo ahí puede encontrarlas.
El primer piso sigue igual: la paja regada por todos lados. Destila olor a mierda y orines Esa es la última morada de toros que cada mes se sacrifican en la plaza vecina.
No puede evitar el recuerdo de sus llantos en el balcón del comedor, junto a su bisabuela María, mientras el pueblo entero corea esos estúpidos gritos y espera la muerte de los animales que ella junto al abuelo Pascual han alimentado días antes bajo la escalera. La bisabuela María, vestida de negro, la calma mientras toca el piano y le sirve madalenas con leche.
Son veinte escalones, lo sabe, los contó muchas veces a sus cinco años. Los observa ahora, los trepa con dificultad. Al igual que sus rodillas se encuentran deteriorados. La madera está podrida, levantada y desmoronada a tramos. Como barco naufragado la casa se hunde y con ella el recuerdo de infancias gratas. La de la madre de Ana, la de su abuela Petra, la de Ana y la de Luisa.
Al llegar al décimo escalón hay un descanso. Ahí se encuentran dos departamentos también vacíos. El tío de Ana ha muerto y su tía Tere no puede subir escaleras. La otra puerta esconde escombros y apatía. La familia no se interesó en remodelar esa parte del inmueble y se optó por ignorarlo, enterrarlo tras una tumba horizontal, sellar el olvido con una gruesa aldaba. Ana sigue su ascenso, sólo faltan diez trampas, su pie es tragado por madera. Logra escapar, quita las astillas de su zapato y su pantalón. Llega a la puerta del tercer piso, que en una acción desesperada de conservación ha sido cubierta por laca blanca. Luce terrible, la pintura se cae a pedazos. Introduce la llave y al abrir no logra ver casi nada, un poco del estrecho pasillo interrumpido por papel tapiz que cuelga de la pared.
Huele a polvo y a vejez. María murió en 1980 y esa casa se cerró tras su muerte. La familia Villanueva lo transformó en un mausoleo.
Se desplaza a tientas a la primera habitación del lado izquierdo, la del abuelo Pascual, busca la ventana, la abre y al hacerlo siente las telarañas que son arrastradas junto al polvo acumulado, tose y es ahora cuando su recuerdo es más vivo: Luisa, que no dejaba de toser, su amiga de verano que le enseñó todos los secretos de la casa.
La luz muestra una cama con el colchón hundido en el medio. La cama está hecha, cubierta de polvo. En ella reposan pedazos de techo que el tiempo ha convertido en durmientes. Ahora pintura y yeso ocupan la cama del abuelo bajo la que Ana y Luisa se escondían justo antes de la hora de la siesta para mover las pantuflas de lugar o hacerle a Pascual otra travesura.
La verdad Ana no puede entender como Luisa siempre se salvó de los regaños, siempre era a ella a quien descubrían, pero no le importaba cargar con las culpas. Su amiga de vestido azul claro y pelo muy obscuro era la más divertida. No había necesidad de salir de la casa y vagar por el pueblo como lo hacían sus primos y hermanos. Ellos buscaban amigos por bares y panaderías, incluso aceptaban a los hijos de las amigas de sus tías, las señoras ricas de la casa grande. Pero a su mejor amiga: Luisa, Ana la conoció dos días después de llegar a España, justo terminar de bañarse.
Su madre había olvidado la toalla y la dejó sola mientras salía de ese único baño azul que daba servicio a las trece habitaciones de la casa. Con la puerta emparejada Ana observó un largo y fino brazo que le extendía una minúscula toalla tratando de alcanzar la tina. Pensó que se trataba de su hermana Rocío.
–Pasa.
No se asombró al descubrir que se trataba de una desconocida, ya que la casa se encontraba siempre abierta a los 500 habitantes del pueblo, pero no le gustó que la viera desnuda. Se cubrió con la cortina de baño y como pudo le arrebató la toalla. Luisa, dos años mayor que Ana rio y tosió al mismo tiempo y sólo alcanzó a decir.
–Te espero fuera.
Ana no supo a qué se refería con “fuera”, la buscó por toda la casa, incluso quiso salir a la calle, pero su madre no se lo permitió esa noche puesto que ya estaba bañada.
Al día siguiente Ana salió a la huerta familiar con el pretexto de buscar caracoles y ahí estaba Luisa, junto a un pino enorme. Rascaba con desesperación la tierra.
–¿Qué haces?
–Busco mis medallas y pulseras.
–¿Las enterraste?
– Pues si. ¿Tú no? ¿Dónde las escondiste?
–Las dejé en México.
–Nosotros vamos a ir a México a alcanzar a mi padre.
–¡Qué bueno! Así me visitas.
–Ala, pero ayudadme a buscar mi medalla de primera comunión. Sin ella no voy a ningún lado.
Las niñas se reunían cada mañana muy temprano a hacer huecos en la tierra, buscaban tesoros escondidos y recogían caracoles para la comida. Ana se los llevaba a su bisabuela María que cocinaba unos cuantos y tiraba la mitad, ya que era época de lluvia y la familia entera estaba harta de comerlos.
Ana puede saborear ese platillo, también la merluza y los ejotes que preparaban en esa casa, recorre con rapidez el resto de la casa, quiere llegar a la cocina. Ahí pasaba mucho tiempo con María, ella le desmenuzaba el pescado para que no encontrara una sola espina, después ella burlona le decía:
–Ahora no me lo como bisa, está todo toquiteado.
Antes de llegar a la cocina Ana se detiene en el comedor y observa en el espejo la silla de ruedas de María. Ella no la conoció inmóvil. Para Ana, María era una mujer pequeña y fuerte de noventa años, que vestía de negro y podía moverse, que todos los días iba a misa y subía y bajaba veinte escalones. Las lágrimas desenfocan su visión y busca donde sentarse. No hay lugar, todo está lleno de polvo, todo se encuentra sucio, viejo, podrido, muerto.
Corre, abre ventanas, busca que entre luz y vida a esa casa sola, abandonada, huérfana. Ya no le importa el polvo, no le importan las arañas ni sus telas, tampoco teme a los recuerdos, le importa el futuro gris de ese hogar vacío. Ella tiene la esperanza de que su amiga Luisa quiera y pueda comprarla, aunque le dijo que viajaría a México, tiene fe en encontrar a parte de su familia.
Al entrar al cuarto de su bisabuela no puede evitar abrir su armario. En él encuentra sólo tres cosas: un hermoso abrigo de lana negro, una medalla de San Alfonso y una carta que Ana le escribió felicitándola por sus noventa y tres años. Guardó la medalla en su bolso, dejó que las otras dos cosas siguieran siendo parte del altar de María.
Tras recorrer otras tres habitaciones, llega a la cocina, ahí se encuentra esa puerta escondida, la que le mostró Luisa, la que muy pocos conocían. Trata de abrirla, está tapiada. Ya no conduce como antes a las cuevas, lugar al que Luisa nunca quiso llevarla, ni se puede acceder por ella tampoco al ático, dónde ella y Luisa pasaban tanto tiempo entre gastadas bancas y baúles con material médico.
Recuerda el miedo de Luisa cuando cruzaban esa puerta, pasaba corriendo hacia las escaleras del ático. Después le contaba a Ana que en las cuevas se oían bombas y los adultos gritaban y lloraban cuando estaban ahí. Pero el ático era divertido para las dos. Contenía libros y equipo médico. Decía Luisa que esa casa antes fue un hospital, y después una escuela, por eso había pupitres viejos.
Ahí las niñas jugaban a ser enfermeras o maestras, o enfermos (casi siempre Luisa que tosía y tosía). Al escuchar ruido en la cocina, Ana se escabullía y jamás delató a su amiga. Esa puerta que compartían era su secreto.
Ana había escuchado también de los labios de Luisa una historia sobre una pared hueca y restos humanos. Nunca le dio importancia, siempre creyó que su amiga era un poco rara. Le llamaba la atención que siempre llevara el mismo peinado y el mismo vestido y que a pesar de su tos sus padres siempre la dejaran salir. Nunca conoció su apellido, ya la había buscado en el pueblo y ni siquiera Trini la panadera o Don Efraín, los más viejos de Trucios, sabían de quien se trataba.
Para Ana su única esperanza era una frase que creía recordar:
–Claro que siempre visto con mi vestido azul, es mi favorito. Incluso me hicieron una foto con él. Salgo más guapa que mis hermanas. Creo que está en un cajón de la casa.
Ana tenía una habitación prohibida cuando tenía cinco años. El despacho del abuelo. Ahí se encontraba el enorme escritorio junto con la pesada máquina de escribir.
El archivero de metal, los sombreros, bastones, paraguas, herramientas, y todo lo que unos niños de cinco a doce años no debían tocar.
Estaba junto a la recámara de la tía Mari Carmen, ella era la encargada de custodiar la entrada. Nadie podía acercarse siquiera a dos pasos de ahí.
–¿Qué queréis?
–Nada, tía
–Ala fuera.
Pero ahora la tía no estaba, también se había ido. Se encontraba en otro continente y había alcanzado la edad y la estatura de la bisabuela María. Ya no daba miedo, ya no vigilaba puertas prohibidas. Sólo esperaba que la alcanzara el mismo destino que la casa que amó más que a ninguna que habitó en México.
Ana abrió la puerta del despacho, ya no estaban los sombreros, ni los paraguas, ni el papel de cartas. Sólo la máquina, el escritorio y el archivero.
Lo abrió de golpe, en el no había nada. Ana estaba rendida, había viajado miles de kilómetros buscando salvar una casa por medio de una niña. No le importó el polvo, se sentó sobre el escritorio fue entonces cuando la vio, en la pared una vieja fotografía: sus abuelos rodeados de hijas, las reconoció a todas: su madre, sus tres tías y Luisa con su vestido azul, la más niña.

Seducir amorosamente

¿Cómo ser capaz de seducir amorosamente? Como un ciego en la búsqueda de sonidos suaves, un torpe poeta, recolectando en la memoria aquellas palabras que se han acumulado durante años, las heredadas a los antepasados.

En mi desespero por hacerlos brillar, rodeo los sonidos de obscuridad, con miedo latente a parecer cursi o melancólica. No quisiera ser anticuada pero cierto es que la longevidad del lenguaje me seduce: soy amante de objetos y palabras viejas, al igual que de conceptos asexuados y abstractos en los que caben todas las pasiones.

De la misma forma que me declaro alérgica a la palabra amor, los amantes me atraen por su complicidad. La fuerza de los que se aman, los que sueñan juntos, de forma pasional e irremediablemente ilícita, serán siempre para mí motivo de reflexión y envidia.

Prefiero el deseo al querer por la s subliminal de su sonido, de lo sensual. No hay mayor droga que el deseo por alguien, la impaciencia por verlo, hace que el más recto de los seres humanos, olvide manecillas y cronómetros; evada responsabilidades y principios morales. Es ahora cuando no acuden, ellas… las palabras, si una sonrisa se insinúa siquiera en el rostro deseado, se transforma el lenguaje hablado en miradas, simuladas… un susurro apenas.

El amor está tan desgastado que irrita. Hacer el amor no es más que tener sexo, practicar malabares para lograr orgasmos. Admirar es una fracción del amor, no se puede lograr una relación de estabilidad conyugal sin admirar a tu pareja. Hay que permitir al Dios del lenguaje acudir a nosotros para que durante la seducción a la pareja encontremos el color y el tono adecuado de las palabras. Que sepan acariciarnos con la boca, nunca chuparnos, y nuestro cónyuge se funda en nosotros, sin que tengamos que indicarle que nos penetre. Las palabras sirven para guiar a un aprendiz sutilmente, sin necesidad de ensuciar la relación con el lenguaje.

He buscado durante muchos años las palabras adecuadas para la seducción, incluso he jugado el papel de Cyrano, pero lo más difícil es encontrar la forma adecuada de transformar el te deseo por el me gustas, o la frase despierta conmigo por hazme el amor, bajar el tono de la seducción, desgasta y lleva a la tristeza, hasta llegar al punto en que no tengamos un solo fonema para referirnos a nuestros sentimientos y únicamente quede el silencio.

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Soneto a la locura

Ceder al impulso, dejarme llevar
Vivir el momento, pensar en nada
Discutir la existencia con mi sombra
Sin importar las miradas al juzgar

Sin medir consecuencias en los actos
instintiva, generosa; ser libre
Con un placer inmenso, por instantes
Felicidad sólo pocos segundos.

¡Ella llega hoy! La culpa implacable
Recuerda el absurdo comportamiento
Las mentiras vertidas en mi mente

Pasa el tiempo que trae consigo olvido
Temporal siempre, apagado y latente
Pidiendo ya de la euforia el regreso.

Ventanas abiertas

Escribir es desnudarse con las cortinas abiertas. Es utilizar el lenguaje conscientemente, sabiéndote expuesta, con un público que juzgará el roce de las manos, cada movimiento, cada caricia, las pausas, el ritmo, la gracia y la poesía encerrada al hacer el amor con la palabra. Reconciliandote con tu pasado en cada oración, entregada al presente en cada línea. La búsqueda del equilibrio entre el sentimiento y la perfección te llevan a repasar tus dedos por caminos ya recorridos, y verás que el primer impulso es siempre el que mejor calza la idea. Déjate llevar suavemente, con versos torpes sobre la piel virgen de la hoja en blanco. Descubre nexos que llevan al movimiento eterno de los ojos sobre un cuerpo que cobra vida en las manos de cualquier lector. Graba en la memoria de todo aquel que se asome a tu ventana un pequeño fragmento de espejo donde al menos un episodio de su vida se refleje.

Lo dicho y lo que se calla es reflejo de lo vivido, lo que nos atormenta, lo no resuelto, el puente no cruzado es muchas veces lo expuesto a través de la ventana.

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La Visita

Llegas de noche, en el silencio profundo de mis sueños, te identifico por el aroma que se desprende cuando apareces, antecediendo siempre a la visión. Tuve que crecer para creer en seres etéreos, tenías que morir para enseñarme que se puede trascender.
Aquella primera vez en que dormía, pusiste sobre mis manos ese objeto tan deseado confirmando tu presencia, ahora entiendo como se hincha un corazón, no es que lata de prisa, es que se inunda de un líquido tibio y son quizás las lágrimas contenidas, las que nunca derramé tras tu muerte; sufrías tanto que era egoísta mantenerte a mi lado. Prefiero tus visitas así, esporádicas, en silencio, inesperadas y llenas de paz, promesas de espíritus libres de sus cuerpos, esas cárceles dolorosamente mutilantes. Mentes brillantes que regresan a dar esperanza a sus dolientes, seres incorpóreos que desprenderán por siempre aromas conocidos.

Parafraseando a Loveland

Cada día puntual, no faltas a ninguna cita y con tu experto hablar haces que el tiempo pierda su elasticidad. Te defines como actor y admiro tu pensar, eres el conjunto de la parte más deseada y más temida en mí. El intelectual que se niega a ser tragado por las costumbres.

Me despiertas la curiosidad por la otredad, tapas los años con ropa y actitudes juveniles y al igual que Tocqueville lo profetizó en este microcosmos que presides, lucho por no convertirme en nerviosa,oveja que se deje llevar por pequeños y mezquinos placeres. Alguna vez protagonista, ya todo se te va en pensar y te encuentro tan humano al imaginarte tejiendo las horas frente a un televisor nunca encendido.

Quisiera como tú y RevueltasRecuperar el horror y explicarlo, teorizarlo y combatirlo, pero también terminar de aprenderlo, hundirme en él, desesperarme del todo para quizá emerger con una conciencia otra, con una libertad inédita y desconocida”, para dejar de temer.

Yo tampoco encuentro racionalidad en mi vida, todo es producto de la sistematización, un conjunto de normas que acepto a medias, más por comodidad que por convicción, pero no siempre temo y sé que puedo escribirlo todo, no quisiera hablar de mi vida sin tener que pedir disculpas después avergonzándome de las lágrimas que emanen de mi cuerpo.

Soy producto de una colonia, una colonizada mental y al igual que mi pueblo estoy enferma de identidad, no vivo en sociedad, vivo en una pequeña tribu y no me atrevo a hablar de mi decadente vida, utilizo la cortesía para no embarrarme con otro ser. Al escribir no usaré la experimentación, me sentiría pretensiosa, sólo romperé las formas cuando ya no quepa en ellas y no serán poses; haré poco uso de ellas en el mundo rígido del lenguaje, en un mundo disciplinado y vigilante no cabrá siempre el gíglico o las faltas de ortografía deliberadas o las hojas en blanco o mis propios recursos; las usaré como drogas, una última aventura posible para quebrar la visión disciplinada, aprendida de la vida. Hablaré de mis obsesiones y buscaré la unidad con cada ser por medio del lenguaje. Las palabras ambiguas pueden destruir la común-unión; las trampas de la modernidad me pueden envolver y el egoísmo del no observado puede devorarme en la gran urbe; por medio de la palabra escrita crearé lazos que me permitan no sentirme naufraga en la isla del pensamiento aislado. Soy animal del tiempo y vivo entre el pasado y futuro, trato como tú de no imitar para no negarme a mí misma pero siempre hay algo con lo que me identifico, mi deseo de recuperar lo sagrado, negar la religión para explicar al ser supremo a mi modo, me convierte en el más patético de los humanos. Es cuando recurro a la sátira menipea (que me queda más que reírme del constante vagar de mi mente) no me puedo casar con una racionalidad que me convertiría en un ser cuadrado, sumando un mal al mundo al darme tal adjetivo.

Temo tanto a la verdad ( ninguna se sostiene eternamente) y la literatura, que nos une a ti y a mí, nos hace revisarla constantemente, preguntarnos sobre cada pequeño rincón del pensamiento humano; nos sorprende al no entregarnos en las páginas lo esperado y produce minúsculos momentos de felicidad al contarnos historias en las que el escritor inventa finales disfrutables. La literatura crea para nosotros escenarios paralelos donde tú, yo, y cada alumno que has tenido vive una realidad diferente, una metáfora de su vida que a pesar de ser perfecta nunca se convertirá en lugar común.

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Frank recita Heraldos Negros y yo…

Aun no es tiempo, déjame gozar esta nube,

me cuidas y muy a mi pesar buscas equilibrio,

siempre alerta.

No soy capaz de expresarte mi dolor

no entiendes los extremos entre placer y hambre de paz.

Morir sin trascender es mi mayor preocupación

en este estado que tanto te inquieta, me siento plena, invencible.

No me sometas.

¡No introduzcas en mi cuerpo medicamentos que estanquen mente y sueños!

¿Mi bien? ¿La oscuridad?

Los ojos de un hijo que evaden la cicatriz de mi caída.

La culpa en la mirada… el claustro de un silencio.

Yo vivo en el lenguaje, no entre las cosas,

por eso entiendo más no siento.

La palabra me ha enseñado a mentir

y con ella creo mundos paralelos; retorcidos.

Amanezco a ciegas, menos en las madrugadas

cuando adicta a la felicidad despierto.

Floto si mi boca se mueve sin ritmo y en esos espacios temporales

desvarío al creer que me quieres al grado de hacerme daño.

En la cueva oscura de mi mente a partes ilumino un rincón

Y en ese andar inconexo las lágrimas brotan de impotencia ante mi ceguera.

El dolor crece al encontrar una existencia de arraigo que rechazo.

Perdí mi sombra en un incendio, debió ser en mi niñez

y sé que más allá no hay nada.

MUJERES TRANSPARENTES

Seres humanos invisibles, aislados. Su labor las ha convertido en dueñas de un espacio que las ahoga. Mujeres trastornadas que en su rutina encuentran la infravaloración de su trabajo. Entes consumidos en patologías producidas por miedos a no poder romper con las ataduras de orden y limpieza que ellas mismas se han creado. Confinadas a un territorio que les pertenece a medias. Llenan con limpiadores y electrodomésticos las horas más largas. Archivan sus sueños junto a las facturas, viven su vida a través de los demás, se convierten en fantasmas de una historia pasada que no pudo ser, y culpan a los hijos y al marido. No han notado que con determinación se puede salir de la cárcel que para el ama de casa representa su hogar.
Cada noche con la cabeza en la almohada y los ojos hundidos en sus cuencas, los pensamientos giran en un tornado inalcanzable y saben que las ideas que van a trecientos sesenta grados no se convertirán en acciones. Permiten que el sueño las atrape y las lleve a un mundo emocionante, alejado de lo convencional; en el que la vida las sorprende día con día. Sueñan en encontrar un lugar paralelo en el que el miedo a girar de por vida en el remolino de la insignificancia desaparece.

EL SÍNDROME DEL AMA DE CASA

Este término que parece sacado de una revista popular, existe para la medicina psiquiátrica y corresponde la primera causa de depresión en países de habla hispana.
Son mujeres que no tienen retos y cuyo mapa mental ha cambiado muy poco a través de los años. No se sienten libres por miedo. Su prioridad es su pareja e hijos y su vida social es casi nula. Personas que siempre cruzan las calles por las marcas cebradas, obedientes, que en apariencia no buscan sorpresas.

Se ponen en último plano y paso a paso su autoestima disminuye. Se refugian en la Televisión, los libros, el juego, las compras, la comida o el alcohol. Evaden una realidad que no les gusta.

Su mayor atadura es atender de forma eficiente a la familia, es por esto que desarrollan culpas y cadenas que las mantiene unidas de forma permanente al hogar. Crean un círculo vicioso ya que los hijos y el cónyuge se vuelven cada vez más dependientes y cómodos con la generosidad de la madre; no esperan que la situación cambie, no es conveniente para ellos.

TUS DOS CARAS

No recuerdo la primera vez que te descubrí sentado a mi lado, cobijándome. Me proteges, ayudas a que me acerque con cautela a territorio poco familiar; supongo que a todos nos pasa lo mismo.

Pero eres gris y dentro de tu aburrido color tienes matices que me hacen escudarme y me paralizan. Por Ti he perdido cosas que prodrían haber sido mías: amigos, encuentros, errores y aprendizajes. Por mantenerte a mi lado he dejado de crecer.

Por susurrarme al oído que puedo perder el control, que el cambio es un enemigo extraño y que sería permanéntemente lastimada, carezco de amantes.

He pospuesto decisiones que dejaron pasar oportunidades que jamás regresarán.

Me acompañas en mi camino pausado y seguro a un acantilado del que difícilmente saldré.

Los que te han estudiado dicen que eres producto de mi infancia; de una serie de fracasos y de mi indefensión consistente.

Para Mí eres un pasillo obscuro, rodeado de brazos extendidos deteniéndome. Corredor interminable que habita en mi mente.

Y cuándo trato de alejarme de Ti, Ella aparece.

-¡Aléjate un tiempo miedo!  Es turno de la ansiedad.

Ha venido a cobrarme  factura por tantos años de inactividad en los que me aprisionaste.

Es una puta peligrosa, pero al menos me mueve y me hace sentir viva. A su lado he descubierto que mi temor mas grande es tenerte siempre a mi lado.

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