Wifree

P1090129Frank Smith abrió los ojos. Reflejado en el techo de su recamara un gran recordatorio: chequeo médico. Retiró las sábanas y con dificultad caminó hasta el baño, orinó en la pequeña lámina que más tarde insertaría a una USB, era importante hacerlo en ayunas, como hace unos años, de ese modo el resultado sería más confiable. Se dirigió a su clóset, el cual se encontraba programado con su agenda. Sobre unos texanos azul marino y una camisa a cuadros rosa y verde un foco le indicaba la opción para las actividades del día, al retirar las prendas de las perchas una pantalla brincó y en el interior del armario leyó: -Camisa de algodón utilizada en noventa y cinco ocasiones, se sugiere utilizarla por última vez.
El puesto de Frank requería de una apariencia de poder, representar su nivel de vida, por supuesto esa camisa iría a la basura al terminar el día.

Se dirigió a la cocina, hoy era el último día del mes por lo que se daría dieta libre, el resultado del chequeo le indicaría que comer a partir de mañana, por ahora revisó en la pantalla del refrigerador lo que se encontraba en su interior y extrajo 2 huevos y queso, de inmediato el lector óptico y la báscula integrada notaron el faltante indicando en la pantalla que había que comprar esos productos nuevamente; la compra fue inmediata por la conexión del sistema del refrigerador con la tienda elegida por la compañía de Frank para sus compras, a las cinco de la tarde tendría en su hogar los faltantes.

Después del desayuno se dirigió a su oficina, el escritorio lo esperaba y el llevaba en la mano la pequeña lámina con su orina. La lectura de su huella digital e iris encendieron la computadora por completo; introdujo la placa en la USB y la información apareció en pantalla, como cada mes:

-Nivel de triglicéridos 5.4% por arriba de lo normal para un hombre de raza blanca que ha vivido 45 años, 3 meses, 5 horas, 12 minutos.
– ácido úrico elevado en un 2%
– Falta de calcio.
– Nivel de serotonina y Dopamina alarmantemente bajo.
No siguió leyendo el largo etcétera que determinaba la máquina sobre sus niveles. Su estado de ánimo no necesitaba de análisis, estaba deprimido y nada había podido elevar sus neurotransmisores los últimos dos años.
Se encontraba aburrido, saturado por el exceso de trabajo, la máquina sugería más medicamentos y la compra de omega 3, vitaminas, ansiolíticos, antidepresivos, calcio, diuréticos, y un largo etcétera que ya se había realizado, tras la lectura de la orina. Los medicamentos eran adquiridos por la empresa de forma legal y obligatoria para todos los empleados, así se mantenía su productividad al 100%. Con desgana el técnico revisó la dieta del mes: muchas verduras, escasas frutas, pollo, pescado, un poco de arroz, cero grasas (todo orgánico).

Cerró los ojos, recordó cuando podía comer lo que le daba la gana, cuando no era INTERTEC la que decidía que dar de comer a sus empleados para hacerlos más eficientes, cuando la empresa no se metía a analizar sus fluidos cada mes.
Por supuesto la compra semanal ya estaba en camino, de las necesidades del cuerpo se desprendía la lista de supermercado semanal. El chocolate, no podía ser adquirido más que en el mercado negro y el resultado de comerlo se vería reflejado en su próximo análisis antidoping.
Deseo renunciar, por primera vez quiso dejar de pertenecer a la empresa que había ayudado a construir; quiso retirarse a uno de esos escasos lugares protegidos, aquellos donde no llegaba la señal satelital, donde no era posible la comunicación, en la que él podría tomar sus propias decisiones.

En el pueblo costero de Mohéli, Nicula reunía mejillones para la cena, le llamó la atención un objeto plateado que sobresalía entre la arena, se acercó a él, era un teléfono celular, nunca había visto uno de ellos, pero su abuelo le contaba que una vez pescando se acercó a la isla Wifree (propiedad de la empresa INTERTEC) a la que llegaban en barcos personas sin energía, arrastrando los pies, con la mirada perdida, muertos en vida. El anciano conocía algunas palabras en francés y escuchó que los recluían ahí a desintoxicarse de tecnología y alertó a la tribu que debía ser algo grave, como la peste o la viruela, el aspecto de los ingresados era terrible.

Nicula dejó su pequeño morral sobre la arena y levantó el objeto, decidió que era momento de ser temeraria, se dirigió a su canoa, aún era temprano, al atardecer estaría de vuelta.

El barco en el que venía Frank llegó a la isla al mismo tiempo que Nicula, ella observaba descender a los más de mil doscientos nuevos habitantes de la isla detrás de una duna de arena.

Frank no recordaba bien que había pasado, tenía noción de una videoconferencia con sus socios, de una serie de discusiones debido a su salud mental y de personas desconocidas llegando a su casa, el viaje en avión hasta África le había traído a la memoria su intento de renunciar y la decisión del consejo de recluirlo en la isla, no imaginaba que todos esos pasajeros del aeroplano irían al mismo destino, pero reparó en sus ojos y estaban apagados, igual que los suyos.

Mayotte, adquirida al gobierno francés en años pasados, rebautizada ahora como Wyfree por INTERTEC, a pesar de sus seiscientos kilómetros estaba sobrepoblada nuevamente y la decisión de seleccionar a los enfermos coincidió con la llegada de Frank.
Cada sesión a la que eran sometidos los programadores y diseñadores de software, adictos a videojuegos y redes sociales era una evaluación tendiente a determinar su recuperación. Los médicos tratantes no les hablaban del futuro, pero cualquiera podía prevenir el futuro y los expertos sabían que los cerebros estarían conectados por medio de pequeños chips insertados en el cerebelo, el manejo de las emociones estaría determinado por pequeñas placas en el lóbulo frontal derecho y las decisiones de amar, soñar, acariciar, e incluso morir serían tomadas por el cerebro colectivo en el que la base de datos de todos los seres humanos que integrarían el mundo pensaría en el bien común y con base a estadísticas se determinaría el proceder de cualquier acción.

A pesar del trato de los empleados y el alejamiento total de la tecnología, ningún habitante de la isla había logrado aceptar la readaptación al presente. Nadie quería regresar al resto del mundo, en que la tendencia era la nula toma de decisiones personales. La orden fue necesaria y a la semana de la llegada de Frank los habitantes llegados desde 2016 a 2018 fueron eliminados.

Nicula viajaba cada vez que podía a esa isla, desde su escondite vigilaba el deambular de los habitantes y veía su decadencia. Nadie sonreía, todos se ignoraban, no existía el contacto físico, notaba que cuando un médico los veía sentarse bajo las palmeras y meter apenas los pies en el agua, corría a su encuentro. Le parecían raros esos hombres de bata que evitan a los enfermos sentir la fuerza del mar y la maravillosa sombra de un árbol.

Frank descubrió a Nicula un día que empezó a tener poder de decisión, caminó fuera del perímetro permitido y se acercó con sigilo, ese primer encuentro se perdió en la alegría de sus ojos y deseo ser como ella. Nicula estaba dispuesta a comunicarse con él pero solo hablaba mwali, Frank sólo quería escapar.

A los seis meses de llegado, Frank descubrió la fosa común, ahí entre cientos de cadáveres semi-carbonizados había un rostro familiar: Alberto, un diseñador mexicano de páginas web que al igual que él había empezado a decidir por él mismo, y al que había hablado sobre la aborigen y su canoa. Juntos planeaban escapar en la próxima visita de Nicula a la isla. Ahora la libertad sólo le pertenecería a Frank.

Nicula acordó llevar a Frank a su isla a cambio de utensilios como el encontrado por ella. No sabía él que veía la aborigen en esos aparatos inservibles, pero extrajo de la bodega las laps, teléfonos y tablets confiscadas a todos a su llegada a Wifree.
Partieron de noche para no ser detenidos, a nadie extraño que alguien más desapareciera de Wifree.

Nicula tuvo que convencer a su tribu que Frank se encontraba curado y no contagiaba ya la terrible enfermedad de la tecnología, a nadie mostró la joven su tesoro de pequeños instrumentos nunca antes vistos.

Frank cada vez sonreía más, dedicaba largas horas a soñar despierto, aprendió a amar nuevamente una vida sin control, por lo que Frank se volvió aún más valioso para INTERTEC y debía ser recuperado; sus conocimientos de neurología para el desarrollo del chip que había de formar el pensamiento colectivo y la humanización lograda en el último año eran imprescindibles, desde el centro de inteligencia de la empresa en silicón valley se determinó que el experimento había llegado a su fin.

A Nicula la despertó un sonido desconocido, se acercó a su hermoso conjunto de microchips y metal, una luz intensa y un molesto zumbido provenían de un diminuto i-phone xs16.

 

 

El Baño

Otra vez ese olor a fruta pasada. Parada frente al espejo veía su cara demacrada por la falta de sueño y la pérdida de peso; sus mejillas colgaban y las ojeras la hacían ver diez años mayor, cerró la llave sin lavarse los dientes, reprimió una arcada, en realidad no había comido nada. Su vida transcurría ahora de la cama a la cocina, frente al televisor, como un autómata, en espera de la llamada que le dijera dónde encontrar a Toñito.

Su marido y su hermana trataban de distraerla pero ella estaba absorta en los recuerdos de su hijo, quince años buscando embarazarse y ahora lo había perdido; un niño de cinco años sólo, quién sabe en manos de qué criminales. Debió criarlo en la finca, ahí era feliz y ella también lo era cuando él trepaba a los árboles más altos para arrancar los mangos o aguacates y después tirarlos a las vacas que seguían pastando sin inmutarse con la calma que sólo el ganado tiene. -¡Toño baja ya, te vas a caer!- le reprendía, pero sabía que su capacidad motriz era notable. El río era otra cosa, el temor a que se ahogara fue lo que la hizo ceder y mudarse a la ciudad; el peligro lo alcanzó en el asfalto, sabía que lo habían secuestrado, a pesar de que no llamaran aun, lo harían y ella lo daría todo con tal de recuperarlo.

Emma escogía el baño para llorar, y en la regadera descargaba las lágrimas que se unían al agua que ahora desprendía un olor que recordaba la comida podrida, los chiqueros del rancho y los pollos muertos acumulados en las galeras. Su cuerpo se impregnaba con el líquido turbio y fétido.
Sólo la sacaba de ahí el tímido reclamo de su hermana que preocupada tocaba a la puerta diciendo que llevaba ya mucho tiempo bañándose. Volvía a vestir pijama y de nuevo tomaba su sitio junto al teléfono, pero hasta ahora sólo recibía llamadas de parientes preguntando si Toño había aparecido, vecinos asegurando que vieron un coche negro sospechoso o la policía informando – nada hasta el momento-. La llamada del rescate no llegaba, nunca llegó. Los días se sucedían con la rutina absorbiendo las esperanzas de Emma y su familia; cada baño era un momento para llorar, para fundir sus lágrimas con su ser, para bañar el cuerpo de Emma con el cuerpo de su hijo que poco a poco se deshacía en su propia casa. El olor a basura desapareció, la piel y los órganos se deshicieron por completo en la húmeda tumba que él en su inocencia encontró, pero los recuerdos, las lágrimas y la incertidumbre de su madre nunca terminaron.

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La Venganza De Coca

Sacó la FN 5,7 y de un disparo acabó con López Dóriga y su lista de narcos más buscados en el país: Los Leyva, Durán, El coronel Villareal y el Chapo ( su jefazo).
Estaba hasta la madre de que inflaran las cifras de muertos en la Tele. No se moría tanta gente en México por homicidio, menos por el narco. Todo era culpa del pendejo de Calderón y su estúpida campaña; pero le había salido el tiro por la culata. Los civiles se le estaban volteando.

-Me cae que ya no van a votar por nadie.

“La Chapis” recogía los restos del aparato destruido por la bala expansiva. Sabía que no era momento de hablarle.
Cuando “Coca” la vio agachada, mostrando el culo, se le pasó el coraje.

-Vente paca cabrona, necesito liberar tensión.

Le acercó un churro junto con las nalgas, era lo único que él consumía, nada más, no quería engancharse. Su mote era por su adicción a la coca-cola no a la cocaína. Tomaba seis litros diarios desde la infancia, costumbre heredada de abuelos y padres junto con la gordura y diabetes.

-Estás muy confiado de que no van a venir hasta la ranchería, que ya están acostumbrados a oír disparos, pero nos van a agarrar por fayuqueros si tengo que comprar una tele cada semana.

-“Chapis”,” chapita”…”chaparrita” ¡No me jodas! Hasta que no me diga “El verde” que ya quitaron los retenes no puedo circular libre por las carreteras. Es más seguro que me eche al pendejo de la tele a que lo busque en la calle y me lo quiebre en persona.

-Lee el periódico, a los escritores nadie los conoce, así no vas a tener ganas de matar a nadie.

Tomó la primera página y pensando que aún estaba drogado leyó el título de la columna de Gonzalo Soltero “La obesidad, principal causa de muerte en México”

-¡Ándale Pendejo! No que muy “ticher”, este cabrón si sabe.- Tú nomas repites burradas-

Salió de la casucha con su AK-47 y la “mata-policías”, determinado a terminar con la mala reputación de su gremio.

En todos los medios circularon noticias (sin confirmar) de una guerra interna entre las principales refresqueras del país. Los cadáveres de choferes de camiones repartidores aparecían sin cabeza, con inscripciones en el cuerpo como “Deliciosa y Refrescante”, “Sé joven, diviértete”, “Vuelve a la vida”, “de ril tin”.
Cuando el noticiero del canal de las estrellas anunció que las dos refresqueras se encontraban bajo las manos del narcotráfico, ya que el modo de operar y las armas eran propios de ellos, “Coca” decidió llevar su venganza hacia la comida chatarra y sus armas acribillaban ahora camionetas de Sabritas y Marinela.
Algunos mexicanos, con un grado de adicción mínimo a éste tipo de productos, no se acercaban a las misceláneas y las escuelas dejaron ( por un corto tiempo) de distribuir refrescos y basura comestible.
“La Chapis” ya era historia, después de cuatro días de no saber del “coca”, tomó sus bártulos y se fue con el militar que les pasaba los pitazos sobre los retenes. “El verde” se convirtió ahora en su protector. A su antigua pareja ambos lo dieron por muerto.
“Coca” empezó a tener seguidores, su mensaje fue escuchado por algunos y mal entendido por otros. A él se sumaron algunos compañeros de campaña que acababan por igual con camiones de piñas que con trailers de Tampax.
Fue entonces cuando ”coca” se vio obligado a colgar en el Ángel de la Independencia una narco-manta puntualizando:

“La guerra es contra la obesidad, no contra el narco”
​​​​​-Coca

Al día siguiente” El teacher” anunciaba:

-Los recientes crímenes, fueron un montaje simulado como parte de una campaña publicitaria de la empresa refresquera Coca-Cola ya que en el corto plazo ésta conocida marca mundial sacará al mercado su nuevo producto bajo en calorías. Mañana en entrevista exclusiva, los creadores de la innovadora herramienta de venta. No se pierda a continuación el comercial para televisión del refresco.

-¡Hijos de la chingada! Soy un pendejo- gritaba coca frente al televisor- ¿Por qué no firme como Emilio?

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LA OTRA LUISA

-Tenga cuidado con la cabeza. Si tiene vértigo o náuseas toque este timbre.
Ya he estado en el capullo muchas veces, tengo que borrar la cicatriz que mi transformación ha dejado. Dos horas diarias durante cuatro meses ya que la última cirugía no resultó muy bien; se infectó y hubo que injertar tejido. El resultado será ahora perfecto, ya no me parezco a lo que fui, mi cuerpo ahora se asemeja a mi mente.
Durante la saturación de oxígeno tengo pérdidas de conciencia que me llevan al pasado, recuerdo nuestros juegos y los comentarios sobre su gracia y belleza. ¡Como la admiraban! Yo…yo era una nulidad para todos. Nuestros juegos de niñas impuestos por ella despertaban en mí una admiración que no aceptaba intrusos en nuestro escondite, ni primos, ni vecinos tenían cabida.
De mis pechos emana líquido, efecto secundario que he asumido desde hace diez años. He logrado la inocencia de sus ojos redondos, el color miel es compartido. Mi nariz es ahora más fina y los pómulos resaltan en mi cara. El sueño regresa y con él la memoria, el accidente de auto, la muerte de Luisa y los gritos de mi madre prefiriendo que ella viviera y yo hubiese muerto.
Siempre quise ser como mi hermana, pero a partir de ese día me empeñé en ser ella. Algo brota entre mis piernas, evoco la automutilación. No es sangre, es plasma y pus que surgen producto de la cámara hiperbárica. Si me encontrara en el útero de mi madre, si el cromosoma veintitrés hubiese sido femenino, ella estaría conforme, yo no tendría que someterme a tanto dolor para ser Luisa. Para devolverle a su niña.
-Antes de la intervención debe someterse a terapia psicológica y psiquiátrica.
Yo sé que tomar: Antidepresivos, estabilizadores y ansiolíticos , los consumo cuando los necesito, conozco mi cuerpo y mi mente.
Los antiandrógenos han cedido el lugar al estrógeno y tampoco necesito que me digan en que cantidad debo tomarlos. La red es una herramienta al alcance de todos para medicarse.
Yo no deseo ser mujer para ser pareja, no me interesa el sexo, trascenderé en el momento que todos reconozcan a Luisa en mi persona. Soy eunuco y amazona a la vez, un ser andrógino al que los placeres terrenales poca atracción causan.
En unos días me presentaré ante mi madre, ella me alejó de su lado al descubrirme con el vestido de Luisa; aquel que usaría en sus quince años, lo rasgó al arrancarlo de mi cuerpo. Conservé la tiara, junto a la promesa de mi padre de mandar un cheque mensual si yo no los molestaba más.
He dejado crecer mi cabello y me mantengo delgada, cuerpo de niña, cara de adolescente a los veinticinco años. Cargo su foto y muchos se extrañan de lo poco que el tiempo ha dejado huella en mí, en nosotras.

-¿Cómo se encuentra?
Debo estar muy pálida, la enfermera me toma el pulso y desaparece de inmediato.
Sólo veo motas grises frente a los ojos.
Escucho voces lejanas…frases aisladas.
-Embolia
-Terapia intensiva
No puedo moverme, observo los ojos de mi madre que miran mi rostro, el punto en que están todas las experiencias vividas; los recuerdos, las palabras, lo visto y lo olvidado. En el lugar en que está mi mente ahora, en que me desprendo de mi cuerpo y me mimetizo con el espacio, me siento uno con el entorno y pertenezco a todos y a mí pertenece el mundo. Mi madre y yo compartimos este instante de dicha, un desapego en el que el pensamiento vuela y se mezcla; todo se hace entendible, es el punto en el que el olvido nos permite vivir.
Sus labios evocan un rezo mientras coloca la tiara en mi cabeza, creo adivinar lo que murmura:
-Despierta Luisa, nena despierta.

MARU SAN MARTIN SAN MARTIN

LAS CUMBRES DE MALTRATA

En bloques de tres cuento los fantasmas sin ningún ánimo de llegar a mi destino. Apenas recuerdo la última vez que me sentí dueño del producto de mis acciones. En los días anteriores todo pasó sin tener el control del presente inmediato. El toro enorme en la punta del cerro me recuerda que aun habito un territorio conocido. Las memorias de la niñez fluyen, mi padre al volante contando historias que me arrancan carcajadas, mis hermanos dormidos y yo sumando coches rojos; siempre contando, manía adquirida para hacer el viaje más corto. No han notado que estoy consciente, que a través de la venda que cubre mis ojos puedo ver las sombras que se suceden por el movimiento constante del auto. El conductor con voz desafinada entona una canción irreconocible. La música de Chico-Che, esa si alegraba el alma: “Que culpa tiene la estaca, si el sapo salta y se ensarta”. La tos del pasajero a mi lado me obliga a mover la cabeza y delatar mi presencia, vuelven a golpearme y del ojo brota una humedad que ciega. Después de un tiempo, que ya no puedo medir, reconozco el tapete de mi coche; ahora sólo puedo imaginar el camino por los olores y los enormes letreros que alcanzo a ver desde esta incomoda posición. El aroma del campo de cebollas se mezcla con el sudor de mis captores. Recuerdo los famélicos animales junto a las casuchas con la colada de los sábados siempre al frente. El letrero que anuncia Tierra Blanca-La Tinaja junto al olor a mango me trae al presente. Puede que no salga vivo de este paseo tantas veces recorrido, pero es bueno saber que con un poco de suerte mis padres podrán encontrarme en su tierra. El trepidar del auto sobre la grava lastimando mi espalda me indica que ya no vamos sobre la autopista. Alto total. Soy arrastrado como un bulto; fijo la vista en la copa de los árboles que sobresalen entre el maizal para no oír la discusión sobre si merezco o no el tiro de gracia. Debo haber soñado todo. Cuento ahora puños de tierra entre mis dedos y escucho a lo lejos un auto que se aleja.

CORAZÓN QUE SI SIENTE

Manuel era un niño como todos los de Guriezo, menudo y fuerte. Tenía las piernas llenas de moretones y lodo; niño de pueblo, niño inquieto, explorador nato. Manuel se movía por un espacio enorme, cuando se tiraba en la hierba a contemplar las nubes, a su alrededor todo era verde; el rio Agüera atravesaba los barrios que constituían su pueblo. Manuel después de imaginar en el cielo formas de trenes y barcos, seguía su camino tratando de conquistar la punta del Pico de las Nieves que alimentaba el río. En el centro de su universo se encontraba “La Boyada”. Una casa vieja y enorme, más parecida a una bodega que a un hogar; con pequeñas ventanas donde de a poco se colaba la luz pero allí fue que él vivió los más bellos recuerdos de su infancia.
Por ese entonces su casa todavía no tenía nombre. Los enemigos políticos de su padre le pusieron así. Manuel no sabía que la palabra significaba ” almacén de bueyes”, si lo hubiera sabido, quizá no la hubiese llamado de ese modo; tampoco sabía que su padre “el alcalde rojo”, como era conocido ahora, se había escapado de la derrota republicana huyendo para México , en un barco con el mismo nombre, pero en un acento extraño: “Mexique”.
Antonia, su madre, tenía poco tiempo para respuestas. Ocupada en la huerta, en procurar alimentos para el consumo y la venta, no tenía tiempo para charlas. Ni tiempo, ni ganas. Convivía poco con los vecinos, apenas un intercambio de palabras, monosílabos para no parecer poco educada, pero no sabía quién era amigo y cuál hablaba a sus espaldas. Extrañaba a Julián, y se hizo cargo sola, de todo el trabajo que representaba una familia en medio de la guerra. No existía tiempo para socializar, solo para producir, vender y proveer.

Huevos con tomate, tortilla de patatas, pimientos choriceros, morcilla; esa era la comida favorita de papá.
Han pasado cincuenta años, ese tiempo quedó atrás y lo que sé, lo conozco de segunda mano. Es agua pasada, recuerdo enterrado, que está ahí pero no brota. Mi padre no habla de ello, lo altera, le duele, le hace perder la razón.
Frío unas papas para la comida. Sigo al pie de la letra, la receta de la abuela Antonia. Mi madre siempre necia, a pesar de que no cocina insiste en cortar las papas en cuadros y no en lonchas como lo hacía la abuela.
El olor a comida llega a mi padre y él con dificultad se levanta de la cama y se asoma por la puerta de la cocina.
-Madre ¿me estás preparando la tortilla? –Dice desde otro tiempo y otro lugar.
-Papá, soy yo tu hija Victoria.
No parece identificarme.
-Date prisa que quiero ir al río a jugar con Jorge. Trataremos de ir al Pico de las Nieves.
Volteo a ver a mi madre y le pido auxilio:
-Mamá, ayúdame.
Mi grito parece asustarlo pues huye a su cuarto a refugiarse al clóset.
Mamá lo tranquiliza, pero él le dice que escuche los aviones, que se meta a la cueva, que evite las bombas.
Su mente viaja, se mueve entre dos mundos y dos continentes; ahora está ahí, en sus ocho años, en el valle de Guriezo.

-Jorge, Manuel. Aprovechad que ha escampado. Id a la huerta y me recogeís todos los caracoles que podáis, ¡venga!
Ya habían salido de la casa, Jorge le mostró su vara con un gesto y Manuel regresó por la suya. ¡Jugarían a los caballeros!
-Los caracoles serán nuestros ejércitos, a que logro una tropa más grande…
Los hermanos eran compañeros de juegos, subían a los árboles y desde ahí arrojaban castañas a los que pasaran. No les importaban los insultos de grandes y pequeños. Competían todo el tiempo: Quién era el más veloz, cuál saltaba más lejos; si eran capaces de comer pasto o tierra. Pero ese día jugaban a los caballeros y Jorge en una pasada del destino enterró su vara en el ojo de su hermano; y su suerte buena o mala, hizo que toda la familia pudiera salir de España hacia México.
Los militares otorgaron un permiso especial a Antonia para viajar a Bilbao y atender el ojo de Manuel.
Ella fue más lista. Desvió su ruta, y logrando reunir dinero y comida entre familiares, se subió junto a sus cuatro hijos al tren que la llevaría a Santander, desde donde zarpaba el “ Mexique”, con destino al puerto de Veracruz.
Ya en el navío Manuel preguntó a su madre:
-¿Yo perdí el ojo derecho por ser de izquierda?
-No hijo. Tú sacrificaste un ojo para que todos empezáramos de nuevo.
El niño busca a Jorge su compañero de juegos, y complacido con la respuesta de su madre grita:
-Jorge, consígueme un parche, que voy en un barco y soy un pirata.

Ahora que me acerco a la cama de mi padre, no tengo la certeza de que duerma, sus párpados no pueden cerrarse, la enfermedad se lo impide. Si sólo veo su ojo muerto, aquél que cambió su sino, no adivino nada, todo en ese orificio es gris e inexpresivo.
Fantasmas del pasado, ojo perdido, nostalgia, desmemoria, Parkinson. No logro entender por qué le han puesto un nombre tan raro a la tristeza, que incluso cuando mi padre duerme, hace brotar de su ojo sin vida, lágrimas de dolor.

LA CHIQUILLA COLORADA

FullSizeRender 5A los catorce años ya tenía su historia y gozaba cada día de fiesta con intensidad. Los bailes del barrio eran lo suyo y en todos usaba una minifalda rojo encendido y zapatillas de lentejuela de similar color. Se sentaba junto a la pista y, en cuanto ponían las canciones más cachondas, la “colorada” saltaba y en la pista se contoneaba como gata en celo.
Odiaba los lunes. Era cuando tenía que llevarle el mandado a su abuela. No soportaba el olor que despedía la anciana postrada en la cama debido a su invalidez. Lo único que le gustaba era el trayecto: Se enfundaba en sus jeans más apretados y sus tops rojos, color básico en su guarda ropa, sin mirar a los lados, con el cuello alzado y orgullosa de su belleza, subía al metro Pino Suarez y bajaba en la estación de Tepito; disfrutaba de las miradas lascivas y los piropos que despertaba entre los usuarios del transporte; le gustaba que alguno la manoseara, aunque le propinaba tremenda cachetada, fingiendo recato.
Hacía un mes que él la observaba. Hombre entrado en los cuarenta, de singular figura, un poco encorvado y peludo en extremo. Solitario, de pocos amigos y tímido, al grado de no dirigir la mirada a nadie. La gente de su vecindad lo llamaba “Perro Ladino”, o “Wolf”, por el personaje de una película gringa.
Wolf todos los días deambulaba por las líneas del metro. Buscaba presas fáciles, chavas que viajaran solas y que él considerara vulnerables. Ya lo había hecho varias veces; en la pared de su cuarto de la pensión guardaba los recortes que anunciaban:
“No hay sospechosos en la desaparición de las chicas del metro”
“Otra Víctima del Asesino del Metro”
“El Metro-violador ataca de nuevo”
“Creen que sólo mata cuando hay luna llena”
Cada noticia que recortaba y montaba en su muro era un trofeo, no podía parar; tenía el reconocimiento que siempre había deseado y esa chava le gritaba que lo deseaba. Lo había seducido desde la primera vez que con frescura movió sus caderas frente a él. Ahora sabía que lo único que quería cuando coqueteaba con los demás era ponerlo celoso. Despertar su instinto animal. Hoy sería luna llena, esta noche la haría suya. No la siguió, no era necesario, sabía su rutina a la perfección. La esperó apoyado en un poste junto a la puerta de la casa de la abuela. “La colorada” llegó minutos después.
La luz de la luna hacia brillar el frasco de cloroformo que sacó de su chaqueta. El pañuelo verde que tapaba sus ojos y nariz fue lo último que ella vio esa tarde.
Oyó una respiración que le llegaba de cerca, algo parecido a un estertor. Abrió los ojos lentamente, había soñado muchas veces en acostarse con un hombre, pero descubrió a su lado un ser cubierto de pelos, de aliento nauseabundo. Mareada, recorrió con los ojos la habitación en busca de su abuela. La descubrió sobre su silla de ruedas; “Wolf” la dejó ahí sin atar; no iría a ningún lado. Sólo la amordazó, para que la vieja no los interrumpiera. Con ella terminaría después, aunque no era su estilo, podría perder crédito por un doble homicidio. Con calma, la chiquilla pensaba en sus posibilidades y vio que estaba perdida, rogó que su madre viniera a buscarla, pero había perdido la noción del tiempo, no estaba segura de la hora, no sabía si la extrañarían en su casa.
Las lágrimas brotaron de sus ojos, “Wolf” acercó sus manos y con ternura limpió su cara. “La colorada” se retorció al contacto con esa mano peluda y gritó; pero el hombre puso su hocico encima de su pequeña boca.
La abuela contemplaba confundida la escena. También a ella la había drogado y apenas se estaba recuperando, no podía creer que entre su cama estuviera su malcriada nieta teniendo sexo con un hombre que podría ser su padre; quería gritarle que era una desvergonzada, pero el puerco novio de su nieta le había tapado la boca. Le iban a manchar sus sábanas recién lavadas. La abuela no lo toleró más y tomó la linterna que tenía junto. Acabó con un secreto guardado durante veinte años. Con pasos firmes y golpes certeros arremetió contra la cabeza del llamado “Metro-violador “ y , dejando el cuerpo sin vida del hombre junto a la sorprendida jovencita, regresó a la silla de ruedas y explotó:
-¡Mira chamaca puta, mira como quedó mi cama toda ensangrentada! Te lo advierto, de esto ni una palabra, si por tu culpa pierdo mi pensión de invalidez y le dices a tu madre que puedo caminar, te las vas a ver conmigo. No pienso dejar de echar la hueva sólo porque decidiste venir a coger a mi casa. Ayúdame a sacar a este cabrón de aquí o la que le va a ir con el chisme a tu mamá voy a ser Yo.
La chiquilla colorada, reunió todas las fuerzas que le quedaban y junto con su abuela, que estaba más fuerte que un toro, envolvió en la sábana a su verdugo, lo arrastraron y dejaron en la fachada de la vecina; la anciana cerró la puerta en la nariz de la asustada niña. La colorada antes de doblar la esquina de la calle lo último que vio fue la sangre de “Wolf” gotear de su cráneo dejando un enorme charco rojo. Decidió nunca más vestir de ese color.

TIRA EL DIARIO A LA BASURA

Tienes memoria de esa escuela verde pistache a partir de los cinco años y seguro se debe a que decidiste comer papel de baño.
​En el recreo, una buena amiga que aún conservas te enseñaba a hacer bombas de chicle y desde la ventana del salón, otra niña las observaba.
​Al regresar a la clase, Jéssica,( que te parecía un gigante por sus anchos hombros y descomunal estatura, pelo negro rizado, siempre despeinado) se acercó y sacando de la mochila un rollo de papel de baño dijo:
-Ya sabes masticar chicle, ahora cómete el papel.
Te quedaste de una pieza cuando comenzó a meterse a la boca cuadro a cuadro una tira de un metro.
Vió la cara de estúpida que pusiste, hizo una mueca y regresó a su pupitre.
​Durante el resto de la mañana lo pensaste. Al salir dijiste:

-Dame de tu papel, me como un cuadro.

Apenas meterlo a la boca, recordaste para qué se utilizaba ese material, y de un solo escupitajo, fue a parar al zapato de la que según tú de ahora en adelante se convertiría en tu amiga.
Muy pronto supiste que te equivocabas, su mirada te señaló que no debías acercarte nunca más, y así lo hiciste durante los siguientes cuatro años.
​Jéssica era huraña, no tenía amigas, poco a poco se encargó de hacerles ver que no necesitaba a nadie. Comía sola en el recreo, bajo un platanar donde nadie la viera. En clase pocas veces hablaba, y sólo si se trataba de competencias deportivas le gustaba participar. Se sabía buena para los deportes, era ruda, les ganaba en fuerza y destreza. A los nueve años alcanzaba ya los cincuenta kilos y el uno sesenta de estatura.
​Te empezaste a interesar en ella por curiosidad, a través de la lectura. Comenzabas a leer a Agatha Christie y decidiste que serías una investigadora privada. Para ti Jéssica era un personaje digno de estudiar.
​Fuiste con la madre Julia y le expresaste muy “madura” que tu compañera no tenía amigas, preguntaste cómo eran sus papas. Las palabras causaron impacto. No estabas preparada para oír esto a los nueve años.

-Esa niñita sufre mucho, es hija única. Su mamá se fue de casa cuando Jessica tenía tres años, vive sola con su padre en una granja de pollos y cochinos. No tienen muchas amistades ya que están aislados de la ciudad, son de Honduras, no tiene familiares aquí. Mary, es bueno que te intereses por ella; conviértete en su amiga. Te ganarías un lugar en el cielo.

​Dejaste la oficina de la hermana llorando, más por la culpa que por la historia. Tu intención no era ayudarla, querías investigarla. Ahora sentías por ella una curiosidad mórbida que fue creciendo con los años. Soñabas con su rancho. En pesadillas la veías matando pollos con un hacha que después lanzaba con furia a los cochinos. Ayudaba a su padre a desangrar a los cerdos o les echaba agua caliente en vida para desprenderles el pellejo.
​Esta imagen de Jéssica creció junto con tu imaginación y ella cambió; todas cambiaron. A los doce años, se tornó mas competitiva en los deportes, y menos capaz en lo académico, continuaba en la escuela por caridad.
En el salón había un grupo formado por Mariana, Berenice, Minerva y Leticia, que eran especialmente crueles con Jéssica. Se burlaban de sus errores en matemáticas cuando pasaba al pizarrón y reían cuando la maestra Isabel decía su nombre y gritaba:
-Jessica Hernández Lima: Calificación mensual …Cuatro.
​ Iba de mal en peor, el padre no se aparecía por ahí, y a la hora de las clases, la pobre no levantaba la mirada de la banca. Cuando se paraba, el grupito de Leticia se acercaba y le pintaban insultos o rompían tareas.
​Tu miedo comenzó un día en que la viste arrancar una hoja de su libreta y al tirarla, regresó hecha una furia a su lugar. Dejó ver un odio que sólo le habías conocido en los partidos de quemados.
​Decidiste quedarte hasta que todas salieran y te dirigiste al bote de basura. Estaba hasta arriba, arrugado, hecho bola. Al abrirlo no entendiste muy bien, te parecía que se trataba de una broma:
-Leticia…Piedra
-Mariana…Papel
-Berenice…Tijeras
-Minerva…V
​Tu imaginación se desorbitó. Era el grupo de las desgraciadas, hacia algo así como escoger su suerte. No podías mas que pensar mal acerca de ese papel arrancado con tanta saña.
​Le diste vueltas toda la noche, otra vez regresaron los sueños: Jéssica desplumaba gallinas, ahora se las comía crudas, se las hacía comer a Leticia, le arrojaba piedras a los cerdos, enterraba tijeras en la cabeza de la maestra Isabel, metía rollos de papel higiénico en la boca de Minerva.
Fue un sueño recurrente que se ha repetido a lo largo de tu vida con sus variantes, en el que eres tu la que traga plumas, o desangra cerdos o come pollo crudo. Sueñas papel de baño que envuelve a una monja hasta asfixiarla y Jéssica te observa sin hacer nada.
​En segundo de secundaria llegó la costumbre de los chismógrafos. Era un asco, tú la odiabas; pero la curiosidad no te dejaba apartarte de ellos. Además de las preguntas de siempre de quién te gusta y cuál es tu color favorito, estaba la tan temida de ¿Quién te caé peor del salón? Por supuesto la respuesta de todas las que se atrevían a contestar era Jéssica Hernández Lima.
​Ella no contestaba, ni tenía permitido ver esos chismógrafos, eran una serie de insultos dirigidos a su persona.
​Jéssica usaba otra forma de comunicación, un diario entre ella y el cesto de basura. Tú eras un testigo silencioso, una presencia callada que veía como crecía su odio. La forma en que esas pequeñas notas le ayudaban a descargar su ira. Dirigía diariamente una amenaza a quien la hería. Ahora no arrojaba el papel haciendo aspavientos, lo hacía discretamente, incluso era una de las pocas veces en que sonreía durante el día. No era tímida al lanzar su escrito, era como si quisiera que su víctima lo encontrara y sufriera un poco lo que ella aguantaba a diario.
​Ahora ponía fechas a futuro: Si era marzo de 1980 ella escribía: Otoño 1980 Leticia García…espinas en su torta. Invierno 1980. Minerva Esparza …Sangre en su banca. Y la lista crecía, porque ya no era suficiente con hacer algo directo en su contra, con sólo reírte de una broma estabas en su lista. Patricia Suarez…Rata en mochila.
​Ahora leías el diario, no sólo por curiosa, también necesitabas saber si tu nombre aparecería y cuándo. La escuela empezaba a gustarte; es verdad era una selva, pero existen animales mas interesantes que otros y tú estabas convirtiéndote en una zoóloga.
​Tu único acto de rebeldía te anunció que Jéssica era más lista de lo que creías. Decidiste llevar polvo pica- pica y ponerlo en la banca de Inés, la niña mas aburrida de la clase. Querías que algo la hiciera reaccionar.
​Pediste a mamá que ese día te dejara temprano en la escuela y pusiste suficiente cantidad del polvo como para incendiar las nalgas de cuarenta hipopótamos. Sabías que no sospecharían de ti pues no tenías antecedentes. Cuando Inés se sentó, la comezón inició en sus piernas, pero traspasó su falda penetrándola tan fuerte que dejó de ir una semana a clases ya que no podía poner las posaderas en ningún lugar.
​Ese día por poco olvidas el diario de Jéssica, pero te acercaste feliz al final de la clase y sacaste no uno si no dos papeles arrancados de su inconfundible libretita de hojas amarillas. En el primero decía tu nombre. Con el corazón latiendo a mil por hora saliste del salón y ya en el coche te atreviste a abrir el segundo: Yo sé que fuiste Tú.

Al principio te calmaste, no se trataba de una amenaza, pero después entendiste que ella sabía que leías sus notas, y que si hacía alguna de esas cosas, serías su cómplice. Debías enfrentarla pero no podías, le suplicaste a tu madre que te sacara de ahí. No podías darle explicaciones, por lo que se negó.
​Cuando regresaste al colegio supiste que Jéssica había adelantado las fechas de sus obras, ya había cumplido algunas de sus calladas amenazas. Por lo visto tu aventura con el pica-pica la animó. Sangre en la banca para que pareciera menstruación, cumplido. Espinas de rosa en la torta, hecho. Por lo visto no encontró ratas porque lo que Patricia halló en su mochila fue una mariposa negra.
​Nadie tenía la menor duda de que la autora era Jéssica, incluso de lo del pica-pica. A partir de ese día cualquier acto vandálico, también robos, se le adjudicaban a ella.
Comenzó a correr el rumor de que para tercero de secundaria no estaría en el colegio. Decidiste no confesar lo que habías hecho y apareciste otra vez en su diario. Ella siempre imaginó que algún día darías la cara, pero fuiste cobarde. Escribió esto: Para el resto de mi vida…Mary Montesano…No hay Perdón.
Era una amenaza, porque te generaba un sentimiento de mucho dolor, una vergüenza inmensa; ya no podías hacer nada, la fe de esa chava de catorce años estaba perdida, no sólo por lo que todas las compañeras le habían hecho, también por lo que tú le habías dejado creer al meterte en su vida, quizás le diste esperanza de comprender su conducta al leer sus escritos, hacerte su cómplice y dejar que cargara con un castigo que te pertenecía.
Estaba decidido que debido a su conducta y pésimas calificaciones Jéssica ya no estudiaría ni en este colegio ni en ningún otro.
​No supiste que habían desaparecido tres tubos de ensayo del laboratorio de química hasta que yo les di la noticia.

-La comunidad escolar está asombrada, no sabemos las razones de su compañera Jessi, Ella decidió anoche quitarse la vida. Que Dios algún día la perdone.

Me culpaste. Y en parte yo estaba ciega, pero recuerda no era yo la que leía el diario de Jessica.

– Maldita Monja. Valiente Madre Superiora ¿Por qué no puso un alto? ¿Por qué no corrió al grupo de las crueles antes de que transformaran a una niña huraña en una niña agresiva y llena de resentimientos? ¿Por qué no habló con su padre? ¿Por qué no me hizo hablar? ¿Por qué no revisó la basura?

​El último papel lo reconociste por la letra, no estaba arrugado, ni tan marcado como cuando apoyaba con fuerza la pluma, parecía una lista de super: Navaja, cuerda, Veneno de ratas, ácido sulfúrico. No había fecha. No había nombres. Me lo enseñaste después del funeral, no necesitaste decir nada, supe entender tu odio y tus lágrimas.

Han pasado quince años de este evento que nos cambió a muchas, yo deje la orden y tú empezaste a verme como un ser humano, te acercaste a mí y me contaste todo lo que pasaba dentro del aula. Ahora lo que sucedió con Jessica ya tiene nombre, el bulling me preocupa tanto que no dejo de recomendar a mis pacientes que revisen los cestos de basura y las redes sociales. Mary Montesano, si hay perdón.

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