Sobre Durmientes.

 

Entre dos vagones cargados de cemento, Lázaro Corona ya no sueña. Se ha hecho varios propósitos esta vez y uno de ellos es vivir sin planes, sin esperanzas, sin la desventaja que lleva el que se duerme sobre la bestia. El tren de la muerte, perteneciente a la Compañia de Ferrocarriles Chiapas-Mayab, tiene como principal cliente a Petróleos Mexicanos, pero su más reconocida mercancía son los miles de indocumentados procedentes de Centro y Sudamérica, que cada año se encaraman a su lomo de metal para iniciar una odisea, colmada de peligros y enseñanzas. La Bestia, hambrienta, cada semana reclama tributo en la forma de vidas, piernas o brazos amputados a migrantes que se han abandonado al cansancio, resbalado sobre las vías, o han sido arrojados del tren por asaltantes.

La primera vez que se fue, Lázaro pagó 12 mil dólares para cruzar desde Naranjito, Honduras hasta Tucson, Arizona. Esta vez sólo pagaría 2,500 por el tramo más peligroso, para evitar la ruta de los maras. Ningún coyote se lo va a madrugar, ya no tiene catorce años. De sobra sabe él que el viaje en tren es gratis. Los 2,500 incluían cruzar la frontera entre su país de origen y Guatemala, pasando por Macuelizo todavía en su natal Honduras donde a punta de pistola los obligan a todos a convertirse en mulas desde su primer intento de cruce; la frontera entre Guatemala y México por el río San Pedro en una lancha de motor y la llegada a Tenosique, Tabasco tras cuatro días de caminar, donde hay que esperar al Caballo de Troya; si esta vez lo doma, el cruce México-Estados Unidos no tenía que pagárselo a nadie. ¨Este cruce es el más peligroso, nosotros no llevamos dinero, vamos por él. Pero somos muchos y el viaje es largo, tenemos que comprar agua y comida. Nos asaltan por 300 dólares y una muda de ropa.¨ Se queja Lázaro.

Los indocumentados no se suben en las estaciones; caminan junto a las vías, y en su peregrinar se les unen grupos como los Beta, que los organizan y les ayudan a hacer que el tren aminore la marcha. ¨La primera vez, lo más fácil fue subirse, fue como montarse en un cachorro dormido, atontado por el calor entre Palenque y Coatzacoalcos¨. Lo cierto es que es su tercera vez, ya sabe como hacerlo, y sobre todo, en qué lugar aferrarse al tren: entre dos vagones cisterna, que transportan aceite, ahí es más fácil estar alerta, que le llege el viento, no dormirse por si a alguna otra pulga del animal de hierro se le ocurre volver a sacar pólvora.

La primera vez, por exceso de equipaje, sueños y confianza (de los que en sus posteriores viajes se desprendió) en el tramo Córdoba-Orizaba, gozando de la ayuda recibida vía aérea por las patronas (mujeres que preparan y lanzan certeras bolsas de comida y agua a los pasajeros), descuidó su espalda. Tras un fuerte jalón lo despojaron de su mochila donde tenía lo único que debía cuidar, los datos de los coyotes y los puntos de encuentro de la ruta. El tren había aminorado la marcha y tres hombres, que ya le parecían a él que eran mexicanos y no tenían nada que hacer ahí, se habían subido y pronto supo a qué. Empezaron con él pero al poco rato, asaltaron a los cuarenta y tres de ese vagón. Sacaron un arma que más tarde supo se trató de una veintidós, cuando recuperaron la bala que se metió en su hombro. No recuerda mucho más, o no quiere hacerlo, sólo dice que el más feo de los mexicanos iba a tirar su mochila porque no encontró nada y él se lanzó para alcanzarla; supone que ahí recibió el disparo, o quizás se lo dieron ya junto a las vías, en venganza por su pobreza.

Se empezó a recuperar en el hospital Yanga, porque a pesar de que querían mandarlo con todo y bala a Honduras, CARITAS (Organización Humanitaria de la Iglesia Católica) se interpuso y reclamó derechos humanos para Lázaro. Lo alimentaron, lo cuidaron, incluso le hablaban de Dios; pero él sólo pensaba en volver a subir a la Bestia. Diez días estuvo hospitalizado, mientras se arreglaba su condición migratoria. Debido a que CARITAS había intervenido en su caso, los agentes de Migración estaban demandados por la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) y, además, en sus condiciones no podía ser enviado a Honduras. Estaba peligrosamente anémico. Lázaro tuvo suerte y le consiguieron boleto de avión Distrito Federal-Tegucigalpa, por supuesto; custodiado por un agente de migración que lo dejó subir sin esposas debido a que estaba muy flaco y débil. De esta primera experiencia Lázaro aprendió que cuando el maquinista baja la marcha es porque se acerca a un punto de ayuda, en el que también se suben pandilleros, asaltantes y narcos.

Está vez, doce años después, sin olvidar lo vivido y tras pagar las deudas de los primeros dos cruces, y adquirir una deuda más; Lázaro, por tercera vez está en Río Blanco, donde tuvo que bajarse a la mala, en el lugar que se sacudió la bestia, donde se apendejó la pulga. Ahora tiene una estrategia: ¨Mientras el tren vaya suavecito, no me asusto y hasta dejo de ver las estrellas, pero si oigo los chirridos, me levanto como resorte, y si se trata de una estación me tiro al monte para evitar la migra, bordeo el edificio y alcanzo otra vez al tren¨. Tampoco cruza palabra con nadie, sólo acepta comida y agua si se la ofrecen de lejos y sobre todo cada vez que ve a un adolescente que le recuerda a él hace años, se cambia de vagón, porque si no se empieza a encariñar y quiere madrearlo, para que se regrese. Quiere gritarle que está muy chavo, que se lo van a joder, que en el camino va a ver como violan chavas para dejarlas subir, va a ver caer gente que se queda dormida, va a dejar de soñar, dejará de ser él.

A pesar de llevar cuatro años viviendo en Valsequillo, Lázaro sólo está de paso en Puebla, se bajó en Apizaco, Tlaxcala para hacer trabajo de albañilería y juntar un dinerito. Le volvieron a robar, pero los datos los trae en la memoria y en el cuerpo y los re-escribe todos los días. Tal vez mañana regrese a las vías porque sabe que en dos meses recuperará los 2,500 que pagó por su último cruce a México. El aún cree que los 2,400 kilómetros de viaje en tren a Estados Unidos son gratis, pero con cada viaje conoce un poco más a esta bestia que mientras aplasta durmientes devora soñadores.

Los migrantes son rémoras de esta bestia, pero ella les ha robado horas, les ha entregado realidades, les ha hecho ver la maldad producida por la mayor miseria humana: las bandas de narcos en territorio mexicano, las mafias con los maquinistas y los agentes de migración, el pago en cada estación es una esperanza que cae, la fe que muere, la seguridad que se amputa y los sueños que se desvanece con cada nuevo abuso. La máquina no deja de alimentarse y el camino de la desesperanza es para ellos la única senda que creen posible para salir del túnel.

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