Entre la racionalidad de Nietzsche y el desdoblamiento del esoterismo.

“En el dolor hay tanta sabiduría como placer; ambas son las dos grandes fuerzas conservadoras de la especie.”
NIETZSCHE

Lo imagino así, sentado en uno de los muchos cafés de Lisboa acumulando colillas junto a Ricardo o teniendo que describir a Bernardo Soares y su constante desasosiego.
El sufrimiento de Fernando Pessoa era el de sus heterónimos, el de las privaciones y angustias que nace de la indiferencia, de observar el mundo habiendo perdido la fe en los hombres y en los dioses.
De Sudáfrica a Europa, lleno de sueños y sintiéndose nada, teniendo que interrumpir sus estudios literarios para traducir obras que le recordaban lo insignificante que era y lo vencido que estaba. Tuvo que dejar de ser él, la burocracia de una oficina unifica mentes y espíritus.
Había fracasado en todo, ¡pensaba ser tantas cosas! Que los otros, los que se sentaban a su lado y se reflejaban en aparadores y espejos, se apoderaron de él.
Su poesía surrealista y su “Mensaje” única obra publicada en vida le devolvieron la fuerza para continuar escribiendo en su buhardilla, le quedaba el sabor agridulce de poder ser a su antojo Alvaro de Campos, Ricardo Reis, Alberto Caeiro o su más próximo reflejo: Rafael Soares. Paseaba con ellos por las calles de Lisboa garabateando versos lo mismo en inglés que en portugés, enfundado en una humilde gabardina de color gris, mientras fumaba y expulsaba de su boca el humo de los cigarrillos consumidos y poemas inconclusos que su mente no paraba de producir. Fernando quizás estaba cansado de haber sido tantos en tan poco tiempo y será siempre recordado por ser el poeta que desdoblaba su figura en innumerables heterónimos que pueden ser vistos como la expresión de las diferentes facetas de la personalidad de su creador.
Pessoa describe a Soares como un semi-heterónimo, porque “no siendo su personalidad la mía, es, no diferente de la mía, sino una simple mutilación de ella. Soy yo menos el raciocinio y la afectividad.”

En el Libro de desasosiego Pessoa se quita la máscara y ha de firmar con el nombre de Bernardo Soares, nombre que no deja de ser el suyo propio.

El desasosiego es un libro vivo, que se rescató desbaratado, inconcluso, y su grandeza es la de dotar a cada lector con la libertad de armarlo de nuevo.
Es un compendio de reflexiones sobre la vida, la filosofía, la literatura, la soledad y el arte de escribir. Si uno se abandona al sentir, perdiendo la conciencia y el pensar, se logra al leerlo el desapego a la vida, eso quería lograr Pessoa con desasosiego, narrando sentimientos que todos hemos llegado a experimentar, sensaciones, nada excepcionales, que resultan comunes a la mayoría de las personas, pero la forma de decirlo, las pausas, los silencios, con las comas y los puntos, para dotar de un ritmo poético a la prosa, es una de las cualidades del autor que: “no era nada y que nunca sería nada porque nunca podría querer ser nada, a pesar de tener en él todos los sueños del mundo”.
Tanto conocimiento acumuló Pessoa en vida, que tuvo que recurrir a fantasmas internos para almacenar el saber y los estilos aprendidos. Todas sus contradicciones, sus acuerdos y desacuerdos se resolvieron inventando una serie de personajes que tuviese una visión del mundo así como un estilo propio que los caracterizase.

Fernando Pessoa fue un curioso o franco adepto del ocultismo y las doctrinas esotéricas. Ideas que tomó de su tía Anica, con la que vivió dos años.
Utilizaba como ritual la escritura automática, para que autores admirados le dictasen notas como la siguiente:
“Eres el centro de una conspiración astral —el lugar de encuentro de elementos de una índole muy maléfica. La mujer puede imaginar lo que tu alma es”.
Según una carta que Pessoa envió a su tía, los rituales cultivaron en él al menos dos habilidades: la telepatía y la “visión etérica” o lectura de auras magnéticas de las personas.

Pero ¿Hasta qué punto Pessoa creía realmente en todo esto? El mismo Pessoa lo definió, “el poeta es un gran fingidor”.
Se inventaba realidades paralelas para “mantener la dignidad del tedio”, pues el tedio se le había convertido en incomodidad, en dolor físico.
El instinto lo alejó de amigos y amantes pues habiendo dejado de creer en dioses y sintiéndose marginado por los hombres, nunca aceptó alabar a la humanidad; sin embargo encontró dentro de sí mismo cinco seres diferentes a los cuales dotar de vida propia.

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