Las Obsesiones siempre nos alcanzan

Alcoholismo, cólera, sífilis, dolor, suicidio, infarto cerebral o cardiaco y tuberculosis son las teorías que intentan explicar la forma en que murió el renovador del género del cuento de terror en Estados Unidos.

El creador del relato detectivesco no dejó pistas para acercarnos a sus últimos días. Todo registro desapareció de las oficinas del Gobierno de Baltimore, Maryland. La fecha de muerte oscila entre el 7 y 8 de octubre de 1849, no existe un acta de defunción, el certificado de su muerte y los registros policiacos se perdieron. Los periódicos de la época sólo reportan que murió como consecuencia de una “inflamación cerebral”, sin aportar más datos ni elementos sólidos para saber qué causó el fallecimiento.

Unos días antes de morir, varias personas lo encontraron deambulando y alucinando con “Reynolds”, explorador polar que sirvió de inspiración para su única novela La Historia de Arthur Gordon Pym.

Edgar Allan Poe murió en el misterio. Uno de los hechos que desconcierta a muchos historiadores es que nadie logró descubrir de quién era la ropa que usaba cuando lo encontraron.

Lo que a nadie sorprende es la desesperación en la que se hundió el escritor hasta derrumbarlo. Su estado de ánimo decayó con la muerte de su prima Virginia Clemm, con quien estuvo casado 12 años, hasta su deceso en 1947, debido a la tuberculosis que la aquejaba.

Cada momento vital lo llevó a encontrarse con su muerte sin importar la celebridad que obtuvo con la publicación de su poema El Cuervo, por el cual le pagaron únicamente nueve dólares. La Historia guardó el secreto de sus últimos minutos en el remolino de las alucinaciones.

Los enfoques sobre su muerte quieren aclarar los hechos concretos, ocultos en las visiones que tenía con mayor frecuencia e intensidad. Tanto nos enfocamos en la biografía que olvidamos lo más importante en cualquier ser humano: el alma creadora. Aquella que sobrevive al tiempo a través de los relatos, cuentos y poemas, aquella que revoluciona el arte hasta cambiar nuestra forma de ver el mundo.

La confesión que hizo en sus últimas epístolas a su suegra María Clemm, explica lo más importante del caso, su alma se quebró al abandonarla su pareja. Así, el 7 de julio de 1849 escribió: “Ahora ya de nada sirve razonar conmigo; no puedo más, tengo que morir. Desde que publiqué Eureka, no tengo deseos de seguir con vida. No puedo terminar nada más”.

Su capacidad creadora se escapaba lentamente, igual que Virginia, y sin ellas, se cansó de esperar al Cuervo, salió a buscarlo y lo encontró: esa fijación con la muerte lo arrastró a deambular por las calles de Baltimore rogando encontrar algo o alguien que determinara… Nunca mas.

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