El Baño

Otra vez ese olor a fruta pasada. Parada frente al espejo veía su cara demacrada por la falta de sueño y la pérdida de peso; sus mejillas colgaban y las ojeras la hacían ver diez años mayor, cerró la llave sin lavarse los dientes, reprimió una arcada, en realidad no había comido nada. Su vida transcurría ahora de la cama a la cocina, frente al televisor, como un autómata, en espera de la llamada que le dijera dónde encontrar a Toñito.

Su marido y su hermana trataban de distraerla pero ella estaba absorta en los recuerdos de su hijo, quince años buscando embarazarse y ahora lo había perdido; un niño de cinco años sólo, quién sabe en manos de qué criminales. Debió criarlo en la finca, ahí era feliz y ella también lo era cuando él trepaba a los árboles más altos para arrancar los mangos o aguacates y después tirarlos a las vacas que seguían pastando sin inmutarse con la calma que sólo el ganado tiene. -¡Toño baja ya, te vas a caer!- le reprendía, pero sabía que su capacidad motriz era notable. El río era otra cosa, el temor a que se ahogara fue lo que la hizo ceder y mudarse a la ciudad; el peligro lo alcanzó en el asfalto, sabía que lo habían secuestrado, a pesar de que no llamaran aun, lo harían y ella lo daría todo con tal de recuperarlo.

Emma escogía el baño para llorar, y en la regadera descargaba las lágrimas que se unían al agua que ahora desprendía un olor que recordaba la comida podrida, los chiqueros del rancho y los pollos muertos acumulados en las galeras. Su cuerpo se impregnaba con el líquido turbio y fétido.
Sólo la sacaba de ahí el tímido reclamo de su hermana que preocupada tocaba a la puerta diciendo que llevaba ya mucho tiempo bañándose. Volvía a vestir pijama y de nuevo tomaba su sitio junto al teléfono, pero hasta ahora sólo recibía llamadas de parientes preguntando si Toño había aparecido, vecinos asegurando que vieron un coche negro sospechoso o la policía informando – nada hasta el momento-. La llamada del rescate no llegaba, nunca llegó. Los días se sucedían con la rutina absorbiendo las esperanzas de Emma y su familia; cada baño era un momento para llorar, para fundir sus lágrimas con su ser, para bañar el cuerpo de Emma con el cuerpo de su hijo que poco a poco se deshacía en su propia casa. El olor a basura desapareció, la piel y los órganos se deshicieron por completo en la húmeda tumba que él en su inocencia encontró, pero los recuerdos, las lágrimas y la incertidumbre de su madre nunca terminaron.

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