LA OTRA LUISA

-Tenga cuidado con la cabeza. Si tiene vértigo o náuseas toque este timbre.
Ya he estado en el capullo muchas veces, tengo que borrar la cicatriz que mi transformación ha dejado. Dos horas diarias durante cuatro meses ya que la última cirugía no resultó muy bien; se infectó y hubo que injertar tejido. El resultado será ahora perfecto, ya no me parezco a lo que fui, mi cuerpo ahora se asemeja a mi mente.
Durante la saturación de oxígeno tengo pérdidas de conciencia que me llevan al pasado, recuerdo nuestros juegos y los comentarios sobre su gracia y belleza. ¡Como la admiraban! Yo…yo era una nulidad para todos. Nuestros juegos de niñas impuestos por ella despertaban en mí una admiración que no aceptaba intrusos en nuestro escondite, ni primos, ni vecinos tenían cabida.
De mis pechos emana líquido, efecto secundario que he asumido desde hace diez años. He logrado la inocencia de sus ojos redondos, el color miel es compartido. Mi nariz es ahora más fina y los pómulos resaltan en mi cara. El sueño regresa y con él la memoria, el accidente de auto, la muerte de Luisa y los gritos de mi madre prefiriendo que ella viviera y yo hubiese muerto.
Siempre quise ser como mi hermana, pero a partir de ese día me empeñé en ser ella. Algo brota entre mis piernas, evoco la automutilación. No es sangre, es plasma y pus que surgen producto de la cámara hiperbárica. Si me encontrara en el útero de mi madre, si el cromosoma veintitrés hubiese sido femenino, ella estaría conforme, yo no tendría que someterme a tanto dolor para ser Luisa. Para devolverle a su niña.
-Antes de la intervención debe someterse a terapia psicológica y psiquiátrica.
Yo sé que tomar: Antidepresivos, estabilizadores y ansiolíticos , los consumo cuando los necesito, conozco mi cuerpo y mi mente.
Los antiandrógenos han cedido el lugar al estrógeno y tampoco necesito que me digan en que cantidad debo tomarlos. La red es una herramienta al alcance de todos para medicarse.
Yo no deseo ser mujer para ser pareja, no me interesa el sexo, trascenderé en el momento que todos reconozcan a Luisa en mi persona. Soy eunuco y amazona a la vez, un ser andrógino al que los placeres terrenales poca atracción causan.
En unos días me presentaré ante mi madre, ella me alejó de su lado al descubrirme con el vestido de Luisa; aquel que usaría en sus quince años, lo rasgó al arrancarlo de mi cuerpo. Conservé la tiara, junto a la promesa de mi padre de mandar un cheque mensual si yo no los molestaba más.
He dejado crecer mi cabello y me mantengo delgada, cuerpo de niña, cara de adolescente a los veinticinco años. Cargo su foto y muchos se extrañan de lo poco que el tiempo ha dejado huella en mí, en nosotras.

-¿Cómo se encuentra?
Debo estar muy pálida, la enfermera me toma el pulso y desaparece de inmediato.
Sólo veo motas grises frente a los ojos.
Escucho voces lejanas…frases aisladas.
-Embolia
-Terapia intensiva
No puedo moverme, observo los ojos de mi madre que miran mi rostro, el punto en que están todas las experiencias vividas; los recuerdos, las palabras, lo visto y lo olvidado. En el lugar en que está mi mente ahora, en que me desprendo de mi cuerpo y me mimetizo con el espacio, me siento uno con el entorno y pertenezco a todos y a mí pertenece el mundo. Mi madre y yo compartimos este instante de dicha, un desapego en el que el pensamiento vuela y se mezcla; todo se hace entendible, es el punto en el que el olvido nos permite vivir.
Sus labios evocan un rezo mientras coloca la tiara en mi cabeza, creo adivinar lo que murmura:
-Despierta Luisa, nena despierta.

MARU SAN MARTIN SAN MARTIN

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