CORAZÓN QUE SI SIENTE

Manuel era un niño como todos los de Guriezo, menudo y fuerte. Tenía las piernas llenas de moretones y lodo; niño de pueblo, niño inquieto, explorador nato. Manuel se movía por un espacio enorme, cuando se tiraba en la hierba a contemplar las nubes, a su alrededor todo era verde; el rio Agüera atravesaba los barrios que constituían su pueblo. Manuel después de imaginar en el cielo formas de trenes y barcos, seguía su camino tratando de conquistar la punta del Pico de las Nieves que alimentaba el río. En el centro de su universo se encontraba “La Boyada”. Una casa vieja y enorme, más parecida a una bodega que a un hogar; con pequeñas ventanas donde de a poco se colaba la luz pero allí fue que él vivió los más bellos recuerdos de su infancia.
Por ese entonces su casa todavía no tenía nombre. Los enemigos políticos de su padre le pusieron así. Manuel no sabía que la palabra significaba ” almacén de bueyes”, si lo hubiera sabido, quizá no la hubiese llamado de ese modo; tampoco sabía que su padre “el alcalde rojo”, como era conocido ahora, se había escapado de la derrota republicana huyendo para México , en un barco con el mismo nombre, pero en un acento extraño: “Mexique”.
Antonia, su madre, tenía poco tiempo para respuestas. Ocupada en la huerta, en procurar alimentos para el consumo y la venta, no tenía tiempo para charlas. Ni tiempo, ni ganas. Convivía poco con los vecinos, apenas un intercambio de palabras, monosílabos para no parecer poco educada, pero no sabía quién era amigo y cuál hablaba a sus espaldas. Extrañaba a Julián, y se hizo cargo sola, de todo el trabajo que representaba una familia en medio de la guerra. No existía tiempo para socializar, solo para producir, vender y proveer.

Huevos con tomate, tortilla de patatas, pimientos choriceros, morcilla; esa era la comida favorita de papá.
Han pasado cincuenta años, ese tiempo quedó atrás y lo que sé, lo conozco de segunda mano. Es agua pasada, recuerdo enterrado, que está ahí pero no brota. Mi padre no habla de ello, lo altera, le duele, le hace perder la razón.
Frío unas papas para la comida. Sigo al pie de la letra, la receta de la abuela Antonia. Mi madre siempre necia, a pesar de que no cocina insiste en cortar las papas en cuadros y no en lonchas como lo hacía la abuela.
El olor a comida llega a mi padre y él con dificultad se levanta de la cama y se asoma por la puerta de la cocina.
-Madre ¿me estás preparando la tortilla? –Dice desde otro tiempo y otro lugar.
-Papá, soy yo tu hija Victoria.
No parece identificarme.
-Date prisa que quiero ir al río a jugar con Jorge. Trataremos de ir al Pico de las Nieves.
Volteo a ver a mi madre y le pido auxilio:
-Mamá, ayúdame.
Mi grito parece asustarlo pues huye a su cuarto a refugiarse al clóset.
Mamá lo tranquiliza, pero él le dice que escuche los aviones, que se meta a la cueva, que evite las bombas.
Su mente viaja, se mueve entre dos mundos y dos continentes; ahora está ahí, en sus ocho años, en el valle de Guriezo.

-Jorge, Manuel. Aprovechad que ha escampado. Id a la huerta y me recogeís todos los caracoles que podáis, ¡venga!
Ya habían salido de la casa, Jorge le mostró su vara con un gesto y Manuel regresó por la suya. ¡Jugarían a los caballeros!
-Los caracoles serán nuestros ejércitos, a que logro una tropa más grande…
Los hermanos eran compañeros de juegos, subían a los árboles y desde ahí arrojaban castañas a los que pasaran. No les importaban los insultos de grandes y pequeños. Competían todo el tiempo: Quién era el más veloz, cuál saltaba más lejos; si eran capaces de comer pasto o tierra. Pero ese día jugaban a los caballeros y Jorge en una pasada del destino enterró su vara en el ojo de su hermano; y su suerte buena o mala, hizo que toda la familia pudiera salir de España hacia México.
Los militares otorgaron un permiso especial a Antonia para viajar a Bilbao y atender el ojo de Manuel.
Ella fue más lista. Desvió su ruta, y logrando reunir dinero y comida entre familiares, se subió junto a sus cuatro hijos al tren que la llevaría a Santander, desde donde zarpaba el “ Mexique”, con destino al puerto de Veracruz.
Ya en el navío Manuel preguntó a su madre:
-¿Yo perdí el ojo derecho por ser de izquierda?
-No hijo. Tú sacrificaste un ojo para que todos empezáramos de nuevo.
El niño busca a Jorge su compañero de juegos, y complacido con la respuesta de su madre grita:
-Jorge, consígueme un parche, que voy en un barco y soy un pirata.

Ahora que me acerco a la cama de mi padre, no tengo la certeza de que duerma, sus párpados no pueden cerrarse, la enfermedad se lo impide. Si sólo veo su ojo muerto, aquél que cambió su sino, no adivino nada, todo en ese orificio es gris e inexpresivo.
Fantasmas del pasado, ojo perdido, nostalgia, desmemoria, Parkinson. No logro entender por qué le han puesto un nombre tan raro a la tristeza, que incluso cuando mi padre duerme, hace brotar de su ojo sin vida, lágrimas de dolor.

Un comentario sobre “CORAZÓN QUE SI SIENTE

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  1. Maru me encantó tu relato de Corazón que siente. Sólo déjame comentar que literalmente en lamitad de la casa de nuestros padres había sitio para que los bueyes no pasaran frío y en el segundo piso de esa mitad almacenaban la comida de los animales. De esta manera no tenían que salir de la casa para atender a los bueyes y “literalmente” la boyada era el lugar para los bueyes.

    La puerta que se ve en la foto era para meter a los animales a la casa. La puerta para las personas está por la lado que no aparece en la fotografía.

    Un beso.

    Martha

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