LA CHIQUILLA COLORADA

FullSizeRender 5A los catorce años ya tenía su historia y gozaba cada día de fiesta con intensidad. Los bailes del barrio eran lo suyo y en todos usaba una minifalda rojo encendido y zapatillas de lentejuela de similar color. Se sentaba junto a la pista y, en cuanto ponían las canciones más cachondas, la “colorada” saltaba y en la pista se contoneaba como gata en celo.
Odiaba los lunes. Era cuando tenía que llevarle el mandado a su abuela. No soportaba el olor que despedía la anciana postrada en la cama debido a su invalidez. Lo único que le gustaba era el trayecto: Se enfundaba en sus jeans más apretados y sus tops rojos, color básico en su guarda ropa, sin mirar a los lados, con el cuello alzado y orgullosa de su belleza, subía al metro Pino Suarez y bajaba en la estación de Tepito; disfrutaba de las miradas lascivas y los piropos que despertaba entre los usuarios del transporte; le gustaba que alguno la manoseara, aunque le propinaba tremenda cachetada, fingiendo recato.
Hacía un mes que él la observaba. Hombre entrado en los cuarenta, de singular figura, un poco encorvado y peludo en extremo. Solitario, de pocos amigos y tímido, al grado de no dirigir la mirada a nadie. La gente de su vecindad lo llamaba “Perro Ladino”, o “Wolf”, por el personaje de una película gringa.
Wolf todos los días deambulaba por las líneas del metro. Buscaba presas fáciles, chavas que viajaran solas y que él considerara vulnerables. Ya lo había hecho varias veces; en la pared de su cuarto de la pensión guardaba los recortes que anunciaban:
“No hay sospechosos en la desaparición de las chicas del metro”
“Otra Víctima del Asesino del Metro”
“El Metro-violador ataca de nuevo”
“Creen que sólo mata cuando hay luna llena”
Cada noticia que recortaba y montaba en su muro era un trofeo, no podía parar; tenía el reconocimiento que siempre había deseado y esa chava le gritaba que lo deseaba. Lo había seducido desde la primera vez que con frescura movió sus caderas frente a él. Ahora sabía que lo único que quería cuando coqueteaba con los demás era ponerlo celoso. Despertar su instinto animal. Hoy sería luna llena, esta noche la haría suya. No la siguió, no era necesario, sabía su rutina a la perfección. La esperó apoyado en un poste junto a la puerta de la casa de la abuela. “La colorada” llegó minutos después.
La luz de la luna hacia brillar el frasco de cloroformo que sacó de su chaqueta. El pañuelo verde que tapaba sus ojos y nariz fue lo último que ella vio esa tarde.
Oyó una respiración que le llegaba de cerca, algo parecido a un estertor. Abrió los ojos lentamente, había soñado muchas veces en acostarse con un hombre, pero descubrió a su lado un ser cubierto de pelos, de aliento nauseabundo. Mareada, recorrió con los ojos la habitación en busca de su abuela. La descubrió sobre su silla de ruedas; “Wolf” la dejó ahí sin atar; no iría a ningún lado. Sólo la amordazó, para que la vieja no los interrumpiera. Con ella terminaría después, aunque no era su estilo, podría perder crédito por un doble homicidio. Con calma, la chiquilla pensaba en sus posibilidades y vio que estaba perdida, rogó que su madre viniera a buscarla, pero había perdido la noción del tiempo, no estaba segura de la hora, no sabía si la extrañarían en su casa.
Las lágrimas brotaron de sus ojos, “Wolf” acercó sus manos y con ternura limpió su cara. “La colorada” se retorció al contacto con esa mano peluda y gritó; pero el hombre puso su hocico encima de su pequeña boca.
La abuela contemplaba confundida la escena. También a ella la había drogado y apenas se estaba recuperando, no podía creer que entre su cama estuviera su malcriada nieta teniendo sexo con un hombre que podría ser su padre; quería gritarle que era una desvergonzada, pero el puerco novio de su nieta le había tapado la boca. Le iban a manchar sus sábanas recién lavadas. La abuela no lo toleró más y tomó la linterna que tenía junto. Acabó con un secreto guardado durante veinte años. Con pasos firmes y golpes certeros arremetió contra la cabeza del llamado “Metro-violador “ y , dejando el cuerpo sin vida del hombre junto a la sorprendida jovencita, regresó a la silla de ruedas y explotó:
-¡Mira chamaca puta, mira como quedó mi cama toda ensangrentada! Te lo advierto, de esto ni una palabra, si por tu culpa pierdo mi pensión de invalidez y le dices a tu madre que puedo caminar, te las vas a ver conmigo. No pienso dejar de echar la hueva sólo porque decidiste venir a coger a mi casa. Ayúdame a sacar a este cabrón de aquí o la que le va a ir con el chisme a tu mamá voy a ser Yo.
La chiquilla colorada, reunió todas las fuerzas que le quedaban y junto con su abuela, que estaba más fuerte que un toro, envolvió en la sábana a su verdugo, lo arrastraron y dejaron en la fachada de la vecina; la anciana cerró la puerta en la nariz de la asustada niña. La colorada antes de doblar la esquina de la calle lo último que vio fue la sangre de “Wolf” gotear de su cráneo dejando un enorme charco rojo. Decidió nunca más vestir de ese color.

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